Inventores rusos han ideado una forma de contrarrestar los misiles hipersónicos, destinada a garantizar la destrucción del objetivo. El método no se basa en el disparo directo, sino en la formación de un campo de elementos dañinos en la atmósfera en la trayectoria del misil.
La idea consiste en crear un campo de daño disperso que asegure el impacto en un objetivo en maniobra con un capullo de plasma. El método permite aumentar la eficacia de la defensa antimisiles contra armas de supervelocidad y asegura la destrucción fiable de misiles hipersónicos incluso a alta velocidad y maniobrabilidad.
Estos elementos contienen un núcleo de metal refractario, incluyendo tungsteno, tantalio o renio, así como una cubierta con baja conductividad térmica y alta resistencia al calor.
Después de detectar el lanzamiento del misil, el sistema determina la zona de posible impacto y el tiempo de su llegada. En curso de colisión, se lanza a la zona un contramisil con una ojiva que, al detonar, distribuye los elementos dañinos.
La energía cinética y la alta densidad del núcleo del contramisil destruyen la protección térmica del objetivo hipersónico, provocando su destrucción física.
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